Probablemente yo sea el niño que más inyecciones se haya puesto en la vida, al menos eso me parecía. Cuando en la escuela nos enseñaban a contar yo ya restaba penicilinas... y en millones, todavía no se por qué. Las había de muchos tipos: cristalinas, rapilentas, había unas con un apellido raro que me ponían una vez por mes y que casi siempre venían con un juguete de la "Tienda de la Amistad". Tengo una imagen vivísima de Sonia -que es una santa- llevándome de una mano y apretando en la otra aquellos dos pomitos terribles. -Al niño le estamos poniendo la benzatínica- solía decir. -Ay, pobrecito, eso tumba la pierna- era la respuesta fijo. El caso es que mi infancia estuvo llena de aquellos pomitos. Yo soñaba con ellos cuando estaban llenos y los usaba para jugar cuando estaban felizmente vacíos. Hicieron de bueyes, enyuntaos jalando una carreta, fueron depósitos de cualquier cosa, viajaron en barcos, carros, aviones, formaron estibas en un campamento de soldaditos, fueron tesoros enterrados en el patio y hasta naufragaron en la bañadera. Pero sin dudas lo mejor que se me pudo ocurrir fue amarrar un pomito con una pita y hacerlo girar como una hélice. ¡Cómo sonaba aquello! Dependía del tipo de pomo, del largo del hilo, de cuán duro le diera vueltas... en fin toda una ciencia. Siempre traía un aparato de estos en el bolsillo y velaba la mínima oportunidad para disfrutar de mi invento.
Un día, por estas fechas, me habían dejado muy temprano en la escuela y salí al patio a jugar con mi aparatico. La escuela, que todavía sigue en pie, era uno de aquellos edificios multifamilares de principios del siglo XX con varios pisos de habitaciones alrededor de un patio interior con un corredor al que dan todas las puertas. Era como un coliseo y en el medio estaba yo, haciendo sonar mi pomito. A media mañana, sin explicarme por qué, me llevaron ante la directora, Onelia, una mulata gorda ya mayor. Onelia tenía sobre su escritorio un frasco pequeño, ámbar, de los que venían con medicina, no era como los que yo solía usar, pero era un pomo, y esgrimía una acusación contra "el muchahito de la pita y el pomo". Resulta que una señora del segundo piso había sido golpeada en el rostro por el susodicho pomito con bastante fuerza por cierto y casualmente me había visto esa misma mañana "empinar un pomo amarrao con un cáñamo" lo cual bastó para incriminarme. De nada valió que llorara a moco tendido diciendo que yo no fui, que enseñara mi pomito de penicilina que todavía traía en el bolsillo, ni que hicieran venir a la santa, que tampoco me creyó, para que ese día me convirtiera, injustamente, en "el único hombre que le ha partío la cara" a esa señara. Aquello no tuvo mayores consecuencias, salvo que me sentí Josef K con siete años, a quien descubrí mucho más tarde. De aquel incidente ya no se habla en mi casa, aunque toda mi infancia se encargaron de recordármelo, yo por si acaso, no he vuelto a pisar el patio de mi antigua escuelita y espero, algún día, tener la oportunidad de demostrar mi inocencia.
El Proceso, de Franz Kafka, lo presté hace varios años y no me lo han devuelto. Espero que este post lo ayude a encontrar el camino de regreso.
Unos quince años más tarde el azar me hizo pasar por la puerta de aquella señora, ese día tampoco se creyó mi versión de la historia y aunque siga siendo para ella "el único hombre que le ha partío la cara", al menos en mi casa dejaron de preguntarme.
28 de diciembre de 2007
Suscribirse a:
Entradas (Atom)